Arena Negra

Puerto San José. Mar Pacífico, Guatemala. Es Semana Santa y la gente se dispone a pasar sus vacaciones en el mar. Muchos lo verán por primera vez, otros lo hacen cada año. La playa se llena a lo largo de carpas improvisadas con comedores improvisados, que venden cervezas frías, ceviche: esa suerte de ensalada de camarón crudo, mojarras fritas y fruta fresca.
La clases menos favorecidas convergen entre la arena volcánica, negra, característica del pacífico guatemalteco, entre las columnas oxidadas de un antiguo muelle, cayéndose a pedazos. Allí “se juntan todas las sangres y todos los anhelos y también los naufragios en un estruendo de olas”. Los enormes grupos familiares han llegado con un solo propósito: divertirse, a pesar de las adversidades: la enorme contaminación, la insalubridad del espacio, las masas y ese mar violentísimo que los arrastra.
Al caminar entre la gente, cubierto inevitablemente de arena negra y grasoso salitre, haciéndose espacio entre los platos desechables y latas de cerveza vacías que yacen en el suelo, uno parece descubrir la esencia de esa sociedad. Esta sociedad guatemalteca, pobre, cuya vida parece ser una eterna lucha. Y sin embargo todos están contentos. La playa los hace felices, parece liberarlos.