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En Guatemala no hay mucho petróleo pero tenemos playas negras chorreantes de arena volcánica que Andrés Asturias nos muestra a través de estas ventanas asoleadas que él ha traído del llamado Mar Pacífico y que ponen de relieve nuestra auténtica piel salpicada de terroso chocolate fósil en ese Puerto de San José en el que se juntan todas las sangres y todos los anhelos y también los naufragios en un estruendo de olas la resaca los cantos de gaviotas y la risa de los niños después del temporal las mareas el silencio al atardecer mientras alguien contempla el horizonte con un neumático inflable bajo el brazo de espaldas a la realidad como añorando partir para empezar todo de nuevo despertar por fin de esta pesadilla hecha de llanto olvido y muerte. “En el principio fue la arena” parecen decirnos las fotos de Asturias porque es la arena la protagonista invitada el elemento seminal salido de las entrañas terráqueas para dejarse esparcir por el mar e ir a fecundar los mitos y locuras que atormentan nuestros corazones en una sola identidad pegajosa empecinada en construirse castillos que luego se derrumban a cada tempestad pero que incansablemente volvemos a levantar como Sísifos condenados a repetirnos sin cesar en estos tiempos granulosos valga decir congelados a través de estas fotos que nos devuelven la memoria de un sinfín de gestos antiguos como ese muelle que impertérrito se deja corroer por niños como cangrejos lanzándose desde sus estructuras surrealistas ahora igual que hace diez años veinte años treinta años yo mismo me lancé también desde esos fierros tenebrosos hará ya eternidades y de pronto todo parece transcurrir en cámara lenta bajo un sol aplastante que da la sensación de estar dentro de una pesadilla recurrente con sudor y granitos de arena entre las sábanas restallido de olas en los tímpanos y la espalda que arde mamá tengo fiebre. Hombres y mujeres chorreando arena antes y después de la tormenta. Elegantes damas con recato dominguero y sombrero para Derby inglés con fondo musical de marimba de tecomates. Impresionismo de alto contraste. Sombrilla multicolor desteñida con noble perro faldero temblando de susto. Bullicio de óxido multigeneracional entre gritos nerviosos agárrate que nos arrastra. Brochazos con texturas como cuchilladas. Pudor de faldas de corte típico en su Ganges nativo. Obturador implacable. El monstruo de los tentáculos amarillos ya no produce miedo. El lente angular pinta despinta y desnuda la luz. Luz hecha añicos hecha arena. Rabioso expresionismo. ¡Clik! ¡Clak! La cerveza nacional tiene también su protagonismo. Desea que la mano rugosa saque pisto de la teta para el cevichito. El cevichito rico con arena tendrá también su momento estelar. ¡Esto sí que es vida! Y de pronto parapetado en las sombras un joven nos observa. Parece un alien. Se le ve solamente la mitad del rostro. Quizás está mirando el futuro. ¿Nos estará tomando una foto? ¡Clik! ¡Nos ha pillado!

Por Raúl de la Horra